Ana Laura López (*)

Enmarcados dentro de las actividades no esenciales a partir del establecimiento de la cuarentena por COVID-19, los espacios independientes se debaten entre las dificultades para sostenerse económicamente y reivindicar su rol como lugares de trabajo y de construcción de sentidos que, muchas veces, van a contrapelo de lo instituido. El caso de Teatro Carnero evidencia que lo escénico posibilita la creación de redes que impactan en la vida de las personas, más allá de la ficción.

Devoto es uno de esos barrios de Capital que ya no parece Capital; no, por lo menos en el imaginario de quienes nacimos y nos criamos en Gran Buenos Aires, con la imagen del cemento de microcentro como postal principal. Y tal vez por eso, en él se conserva la memoria de una forma de vida barrial, en la que tiempo y espacio discurren y se habitan de un modo menos vertiginoso y frío que en los núcleos porteños más saturados.

Corrido del centro, Devoto cuenta con un eje que lo atraviesa, divide aguas y es, al mismo tiempo, parte de su identidad: la cárcel. El penal de Devoto es el único que se conserva activo dentro de CABA; es historia viva y herida abierta.

Y en Devoto también hay un teatro, uno de los espacios de ESCENA -Espacios Escénicos Autónomos-, que desde hace ocho años forma parte del entramado barrial, a pocas cuadras de la cárcel: Teatro Carnero. Sebastián Moreno es uno de sus integrantes y morador, ya que también vive allí. La sala lleva ese nombre en homenaje a Dora Carnero, abuela de Sebastián, nacida en esa propiedad, y por el nombre del animal y su vínculo con los rituales de adoración a Dioniso, dios griego del teatro.

– Llegamos en mayo de 2012, con el doble fin de establecernos en un lugar y construir un teatro- cuenta Sebastián.

El grupo nació en Rosario y, luego de cinco años de vivir en distintos países de Sudamérica (Uruguay, Brasil, Bolivia y Ecuador), sus integrantes arribaron a Devoto y se abocaron a la creación de la sala, utilizando principalmente materiales reciclados. Finalmente, el 27 de marzo de 2013 inauguraron oficialmente, y dieron inicio a talleres y ensayos.

Claudia Cesaroni es abogada, magíster en criminología y docente. Fundó el Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOC) y es autora, entre otras publicaciones, de Masacre en el Pabellón Séptimo, investigación sobre los acontecimientos ocurridos el 14 de marzo de 1978, en la cárcel de Devoto; uno de los sucesos más terribles ocurridos en la historia penitenciaria argentina, en el que fueron asesinados no menos de 65 reclusos (algunos investigadores hablan de 74 muertos; y uno de los sobrevivientes, de 100).

– Conocí a Sebastián y a Teatro Carnero a partir de difundir la causa de la masacre del pabellón séptimo -cuenta Claudia-. Comenzó a contestar tuits con una mirada distinta de la mayoría de los vecinos y vecinas que rodean la cárcel; y hace unos meses me invitó a conocer el espacio y me dijo que estaba interesado en hacer alguna actividad teatral que tuviera como eje la historia de la masacre. 

– Hace unos cuatro o cinco años leí el libro de Claudia, y esa lectura me atravesó por completo y le dio forma a mi interés de hacer algo desde el teatro en relación a la cárcel de Devoto -completa Sebas-. Se impuso una necesidad y una responsabilidad de contar ese hecho monstruoso e impune. Tiempo después me comuniqué con ella para contarle mi deseo de hacer una obra de teatro con esa historia y con su libro y, de algún modo, pedirle su aprobación y acompañamiento. En eso estamos, trabajando. Claudia es el ejemplo claro y preciso de lo que Bertolt Brecht llamó “imprescindibles”.

En la madrugada del 24 de abril, Sebastián (seguramente, al igual que muchxs vecinxs) se despertó al oír algunos gritos y ruidos que provenían de la cárcel. La indignidad habitual en las condiciones de vida de los reclusos, agravada por el riesgo de un contagio masivo de COVID-19, había hecho de las protestas un paisaje sonoro frecuente. Pero para el mediodía, el conflicto había escalado y comenzó a ser reprimido. La prensa despachó sus titulares con su previsible pereza y complicidad: “motín”. Sebastián y Claudia, por el contrario, reivindican la palabra “reclamo”.

– Cuando yo me enteré, porque me avisó una familiar de uno de los detenidos, me subí al auto y fui -cuenta Claudia-. Y, al rato, llegó Andrea Casamento [creadora de la Asociación Civil de Familiares de Detenidos] y, juntas, comenzamos a recibir información desde dentro.

Las horas pasaban y, con ellas, la necesidad de hacer base a resguardo de la lluvia, cargar los celulares ya agotados y tener un baño disponible. Condiciones mínimas para trabajar que, en el marco de la cuarentena, se hacían imposibles de satisfacer en algún café cercano.

– En un momento, me llega un mensaje de Claudia, pidiéndome si podía venir a cargar su celular e ir al baño. Llegó con Andrea y, en el tiempo que estuvieron en el teatro, presencié los esfuerzos que hacían para calmar la situación y sus intentos por armar la mesa de negociación. Sentí que en ese momento el teatro estaba cumpliendo una función probablemente más teatral de la que estábamos acostumbradxs.

Mural en la fachada de Teatro Carnero. Autor: Joaquín Valdés

Carnero se había convertido en escenario de una performance dramática, aunque no por ello exenta de belleza. La primera después de un mes y medio de aislamiento social preventivo obligatorio que lo mantiene, al momento de escribir esta crónica y como a todos los teatros, con sus puertas cerradas por un tiempo indefinido.

– Ese espacio hermoso se transformó en nuestro centro de operaciones -Claudia evoca el suceso con gratitud-. Sebastián fue súper generoso y solidario, no sólo con el baño: con un café, con una mesa para trabajar, con un teléfono, con comida, con agua, con enchufes, ¡con camperas! Porque llovía y nos prestó camperas.

Finalmente, los esfuerzos de Claudia y Andrea rindieron sus frutos y se logró la conformación de la mesa de negociación. La toma llegaba a su fin, aunque las tensiones entre cárcel y barrio permanezcan. Sebas las conoce bien y, pese a comprender la problemática, su posición es clara.

– Los intereses individuales (y sobre todo materiales –muchxs vecinxs piensan en la valuación de sus propiedades, con justa razón no lo niego-) nunca pueden estar por encima de la vida, de la memoria, de la justicia. Las cárceles en Argentina (y en toda la región) son una deuda de los gobiernos desde siempre. El artículo 18 de la Constitución Nacional dice expresamente que “quedan abolidos para siempre la pena de muerte por causas políticas, toda especie de tormento y los azotes. Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquella exija, hará responsable al juez que la autorice”. Venimos violando la Constitución desde siempre y, en este contexto de pandemia, esta situación se torna insostenible. Los poderes del Estado deben hacerse cargo y los ciudadanos, exigirlo.

Los días siguientes no fueron muy alentadores en este sentido. Las protestas contra las prisiones domiciliarias otorgadas a algunxs detenidxs pertenecientes a grupos de riesgo, evidenciaron los años de construcción deshumanizadora que pesan sobre lxs presxs, así como también el desconocimiento generalizado de las atribuciones de los poderes del Estado; algo que resulta particularmente peligroso para la salud de una democracia, que siempre nos genera interrogantes sobre sus verdaderos alcances. Más, con una pandemia de por medio, que agudiza la crisis económica y, con ello, favorece el reavivamiento de los fascismos y profundiza la exclusión de las vidas que, con o sin COVID-19 de por medio, se consideran descartables

La paradoja es que, aun en un momento en el que la cultura independiente se encuentra en suspenso y en emergencia económica, como parte de las actividades consideradas no esenciales, salas como Carnero siguen aportando a la construcción de sentido. Un espacio corrido de los núcleos de concentración escénica; pero también de las opiniones desinformadas y, muchas veces, malintencionadas sobre las cárceles y sus habitantes, puso en foco una vez más el papel que cumplen nuestros espacios en el entramado social.

Hoy, Carnero sostiene su actividad como nodo de distribución de alimentos agroecológicos, otra pata más de su rol habitual dentro del barrio, a la espera del restablecimiento paulatino de la actividad escénica.

– Un teatro, una sala, es una trinchera y un espacio de creación y reflexión. Desde ese lugar debemos estar abiertos y atentos a contribuir a mejorar nuestras comunidades, desde un espectáculo teatral a generar lazos que transformen las relaciones de la sociedad.

Y más allá del drama que atraviesa el sector, Sebastián se muestra optimista.

– Creo que a pesar de la situación de emergencia e incertidumbre generalizada, existe una organización de redes muy fuerte que va a sostener la actividad e, incluso, la va a potenciar. De algún modo la pandemia permitió que nos unamos más, y ese poder que se está construyendo se va a ver en los tiempos venideros.

Cuenta Claudia que, cuando dejaron Carnero para dirigirse nuevamente hacia el penal, Andrea Casamento la miró y le dijo “esto hay que escribirlo”.

(*) Ana Laura López es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA), actriz, directora teatral y escritora. Integra ESCENA (Espacios Escénicos Autónomos) y colabora con la comunicación y proyectos culturales de la organización y de las diversas salas que la conforman.

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  1. No conozco a nadie que haya ido al Carnero, que no haya quedado subyugado por el lugar. y Sebastián Moreno, su morador especial, casi más que humana. Casi como un fantasma, recorre todo el tiempo el lugar, conectado al mundo con su notebook. Siempre pensando en el teatro y su función social. Así que no me extraña, y me emociona como se mete enseguida con cualquier mundo solidario. El teatro y Sebastián tienen destino histórico!!

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